Queríamos descansar y no nos atraen mucho las visitas en grupo así que teníamos todas las papeletas para no comprar ninguna excursión de las que la guía se empeñaba en hacernos ver como imprescindibles.
Finalmente, decidimos ir uno de los días a Isla Saona. Contratamos con los representantes que tiene allí Iberojet la excursión Isla Catalina y Saona.
La alternativa era Altos del Chavón con Saona, pero la verdad que por lo que había leido creo que Altos del Chavón no tiene nada de imprescindible y encima, el regreso de isla Saona era con baile y ron en el barquito lento lo que significaba más horas de camino.
No nos equivocamos al reservar esta. Nos recogieron en el hotel y nos llevaron hasta La Romana, de donde saldría el barquito a Isla Catalina. Por el camino el guía nos contó la historia de Higuey, la otra banda y detalles interesantes de la isla. Éramos los únicos españoles en el minibus, el resto franceses así que el chico iba alternando idioma. El detalle de la carne colgada en los puestos callejeros al borde de la carretera es algo que creo no deja indiferente a nadie.

La circulación es caótica allí. Sanos y salvos llegamos al puerto y nos subimos al catamarán que nos llevaría a Isla Catalina. Nos dividen en dos grupos y encontramos allí una familia española con los que pasamos el resto de la excursión.

En Catalina no pisamos tierra. Nos dejan unas gafas y un tubo y nos ponemos a mirar los pececillos. Alguno está ya un poco mareado por el ron que hemos tomado en el camino.

Un rato después continuamos hacia Isla Saona. Los chicos del barco son gente agradable.

No recuerdo sus nombres pero pasamos un buen rato en el barco.
Nos dieron algo más de beber, pusieron música caribeña y rumbo a Saona. Al llegar tuvimos que desembarcar en dos lanchas porque el barco en el que íbamos no podía acercarse a la orilla.
Una vez allí nos indicaron un buffet donde podíamos comer. Había un chiringuito peculiar para comprar regalos llamado "El Corte Inglés" no saben nada estos jejeje.
El buffet mejor no comentar nada, la verdad que no valía mucho y la higiene brillaba por su ausencia. Pero que vamos a pedir en una isla apartada de todo. No dimos más importancia de la que tenía y nos fuimos a dar un bañito en la playa.
El agua calentísima, transparente al máximo, podías caminar metros y metros que no te cubría más de la rodilla...supongo que esa es la imagen de playa que esperamos encontrar en el Caribe.


Lástima que el lugar estuviera más concurrido que Benidorm en el mes de agosto, es lo que tiene tanto turismo, espero que por lo menos hagan algo por conservar la zona.
Después de la comida un poco de baile animado por tres dominicanos, supongo que animadores y regreso al barco. Nos quedaba por visitar las piscinas naturales. Decían que se podían ver estrellas de mar y nos metimos al agua para por lo menos, darnos un bañito. Uno de los chicos franceses encontró una estrella de mar y pudimos verla. Creo que no deben sacarse del agua así que rápido la dejó donde estaba.
Volvimos al barco y de regreso al punto de partida. El nuestro iba más rápido e íbamos dejando atrás al resto de gente que había estado en Saona. Pasamos un barco repleto de italianos cantando y otro de españoles divididos: una parte bebía y bailaba en la minipista del catamarán y la otra, iba de morros supongo que agobiados por los otros que estaban un poco pasados de alcohol.
Al llegar a tierra firme, de nuevo al minibus y reparto por los hoteles.

No olvideis la crema protectora porque entre la brisa del trayecto en el barquito y luego en isla saona, llegamos quemados y eso que nos habíamos dado crema. Ese día estábamos tan cansados que ni pudimos acercarnos al restaurante. El servicio de habitaciones por 6 euros te trae todo lo que quieras a la habitación así que aprovechamos e improvisamos una cena.









